Lo primero que escuché al volver de la anestesia no fue una voz conocida ni una oración murmurando por mí. Fue el pitido insistente de una máquina y el sonido hueco de mi propia respiración entrando a un pecho que ya no sentía mío. Abrí los ojos con una lentitud espantosa, como si me hubieran cosido también los párpados, y lo primero que busqué fue la silueta de alguno de mis hijos. Aunque fuera de espaldas. Aunque fuera nomás uno. Ernesto con su saco oloroso a juzgado. Carmela con sus uñas largas y su perfume fuerte. Julián con su cara de preocupación fingida. Silvia con ese gesto de mártir elegante que tanto le gustaba lucir. Gustavo, aunque fuera despeinado y oliendo a desvelo. Cualquiera.
La habitación del hospital estaba tan blanca y tan silenciosa que parecía una caja donde uno guarda cosas que ya no estorban. A mi derecha colgaba el suero. A mi izquierda, el monitor. Enfrente, una pared lisa con un reloj redondo que marcaba las tres de la tarde como si el tiempo no tuviera vergüenza. Sentí la boca seca, amarga, con sabor a metal, y el pecho me ardía como si me hubieran dejado una plancha caliente bajo la piel. Quise llevarme la mano al esternón, pero apenas pude mover los dedos.
Horas antes, en la sala de espera, mis cinco hijos habían montado un teatro que ni las novelas de las ocho. “Nos turnamos para cuidarte, mamá”, dijo Ernesto con esa voz grave de abogado que siempre usaba cuando quería parecer honorable. “Tú no pienses en nada”, dijo Carmela apretándome los dedos como si fuera la hija más abnegada de todo México. “Primero sales de ésta y luego vemos lo demás”, agregó Julián, y yo alcancé a notar el brillo de cálculo en sus ojos cuando miró hacia mi bolso, donde guardaba mi libreta verde. Silvia lloró sin que se le corriera el rímel y Gustavo, el menor, me besó la frente con una ternura ensayada que me habría conmovido si yo no conociera a cada uno de ellos mejor que al mostrador de mi ferretería.