Lidia no me creyó.
Ni falta que hacía. Su silencio fue más honesto que cualquier abrazo fingido de mis hijos.
Ese día pedí mi bolso. Saqué la libreta de cuentas de tapa de ule verde que me había acompañado media vida. En ella tenía anotados nombres de proveedores, teléfonos viejos, fechas, pagos, favores, deudas y, entre las páginas centrales, una nota breve sobre el testamento que había hecho diez años atrás con el licenciado Morales. Todo, absolutamente todo, estaba dividido en cinco partes iguales. Casa. Local. Ahorros. Inversiones. Joyas. Todo. Veinte por ciento para cada uno. La justicia ciega de una madre que todavía confundía sangre con gratitud.
Miré esos cinco nombres escritos con mi letra angulosa y sentí algo nuevo instalarse en mí.
No tristeza.
No decepción.
Furia fría.
Matemática pura.
Mis hijos no habían faltado por accidente. Habían calculado. Si yo me moría en la cirugía, ellos heredaban y lloraban bonito en el velorio. Si yo sobrevivía, el hospital me mantenía hasta que yo pudiera caminar y ellos se ahorraban la parte desagradable: las curaciones, los desvelos, la paciencia, el olor a medicamento, el fastidio de una anciana convaleciente. Me dejaron en depósito, igual que uno deja una licuadora descompuesta y vuelve por ella cuando ya quedó arreglada.
Del día quince al diecinueve ya no esperé a nadie. Dejé de girar la cabeza cuando la puerta se abría. Dejé de inventar excusas. Me acosté en la cama mirando al techo y revisé mi vida como quien hace inventario antes de cerrar un negocio. Entradas, salidas. Quién pagó. Quién se llevó. Qué se perdió. Qué todavía podía rescatarse.
Y el día veinte, cuando el cardiólogo me dio el alta y me dijo que para una mujer de mi edad mi corazón había respondido como milagro, yo ya sabía perfectamente lo que iba a hacer.
El doctor revisó mi herida, me dio instrucciones, habló de reposo absoluto, de no hacer esfuerzos, de alguien que me cocinara y me ayudara al menos dos semanas más. Asentí con la cabeza. Todo eso sonaba lógico para quien tiene familia. Cuando salió, la habitación quedó en silencio. En la mesita estaba el teléfono fijo. Podía marcarle a Ernesto y decirle con voz débil que me recogiera. Podía escucharlo llegar una hora después con su tono ofendido, haciéndose el salvador. Podía fingir que no entendía lo que había pasado.
No toqué el teléfono.
Me vestí sola.
Me tardé cuarenta y cinco minutos y casi me desmayo tres veces abotonándome la blusa. Cada botón era una batalla. Cada movimiento me arrancaba una punzada limpia en el esternón. Me peiné como pude, me pasé polvo en la cara para no parecer un cadáver recién sentado, guardé la libreta verde en el bolso y salí al pasillo.
Lidia casi soltó un grito al verme.
—¡Señora Hortensia! ¿Qué hace de pie? Ya llegó su alta, pero tienen que traerla en silla de ruedas.
Levanté la mano. No para despreciarla, sino para detener al mundo.
—No necesito silla. Y mi familia no ha llegado ni va a llegar.
Ella abrió la boca, luego la cerró. Me vio bien. Creo que entendió que a veces una mujer sale caminando del hospital no porque tenga fuerzas, sino porque se quedó sin permisos para derrumbarse.
Atravesé el pasillo con una mano en el bolso y la otra presionando el pecho debajo de la blusa. Los guardias de la planta baja me miraron con duda, pero no dijeron nada. Crucé las puertas automáticas y el aire caliente de la calle me golpeó la cara como una bofetada bendita. Me supo a humo, a gasolina, a ciudad viva. Levanté el brazo y paré un taxi.
El muchacho del volante se bajó para ayudarme a entrar.
—¿A su casa, doña? —preguntó cuando arrancamos.
Toqué la libreta verde dentro del bolso. Sonreí una sonrisa que ya no tenía nada de maternal.