De mis madrugadas.
De mis domingos sin descanso.
Así que cuando pasaron diez días y yo seguía sola, entendí que no era una casualidad. Era una decisión.
La epifanía no me cayó encima como rayo. Me fue masticando despacio. La vi en los pasillos del ala de cardiología cuando me obligaron a levantarme para caminar. Iba yo arrastrando los pies, abrazando contra el pecho una almohadita en forma de corazón para amortiguar cualquier tos, cualquier estornudo, cualquier punzada. Y al pasar frente a otras habitaciones vi lo que una mujer no quiere ver cuando está abandonada: hijos dormidos en sillas incómodas, nueras peinando a sus suegras, nietos dibujando para sus abuelos, maridos haciendo guardia con un café frío en la mano. Vi ternura. Vi obligación cumplida. Vi amor, aunque fuera pequeño y torpe.
Y luego me vi a mí reflejada en un vidrio: bata abierta por atrás, pantuflas de hospital, cabello aplastado, la espalda encorvada y nadie a mi lado.
El día doce fue el verdadero quiebre.
La enfermera de turno se llamaba Lidia. Tendría treinta y tantos, tal vez menos, pero en sus ojos había esa compasión cansada de la gente que ya vio demasiadas miserias. Me ayudaba a bañarme con esponja porque todavía no podía levantar bien los brazos. Tenía las manos tibias y el cuidado exacto para no hacerme sentir un trapo. Mientras me secaba la espalda frente al espejo del baño pequeño, me preguntó con voz muy baja:
—Señora Hortensia, disculpe que me meta… ¿usted tiene familia?
Fue como si me hubieran clavado otra vez el bisturí, pero ahora en el orgullo.
El jabón se me resbaló de las manos y cayó con un golpe opaco. Sentí que la vergüenza me subía desde los pies hasta la cara. Yo, que había sostenido una ferretería entera entre hombres gritones, albañiles borrachos, proveedores abusivos y clientes morosos, estaba ahí, casi llorando porque una muchacha extraña había notado lo evidente: que llevaba casi dos semanas sola.
Quise decir la verdad. Quise soltarla de golpe. Tengo cinco hijos. Cinco. Cinco pedazos de mi carne. Cinco nombres que me rompieron la espalda y ahora me dejaron tirada como costal de escombro. Quise decirlo. Pero el orgullo todavía me servía de columna vertebral.
—Tengo cinco —contesté mirándome a mí misma en el espejo—. Pero son gente muy ocupada. Yo les pedí que no vinieran. No me gustan los alborotos.