Siete.
Diez.
Nico no solo seguía vivo.
Mejoraba.
Los médicos hablaban de “respuesta inesperada”, de “remisión parcial”, de “caso atípico”.
Rodrigo ya no discutía términos médicos.
Cada respiración era suficiente.
Semanas después, Nico caminó por el pasillo del hospital tomado de la mano de su padre.
Débil, sí.
Pero riendo.
El alta médica llegó dos meses más tarde.
El caso fue presentado en conferencias como “remisión espontánea inusual”.
Rodrigo nunca habló públicamente del agua bendita.
Pero cada año, el mismo día, regresaba a la Basílica con Nico.
No para pedir.
Para agradecer.
Y Lupita…
El tratamiento de su hermano fue financiado de manera anónima.
Pero Rodrigo visitaba.
Sin cámaras.
Sin prensa.