—Lupita… —dijo la enfermera con un suspiro que no era de sorpresa, sino de resignación—. Otra vez te escapaste.

La niña bajó del banquito con calma.

No lloró.

No se defendió.

Solo miró a Nico.

—No era “quién sabe qué” —dijo, volviendo por fin la vista hacia Rodrigo—. Es agua bendita. De la Basílica. Mi abuelita dice que cuando ya no queda nada… Dios sí escucha.

Rodrigo sintió una punzada de enojo y dolor.

—Mi hijo no necesita supersticiones. Necesita medicina.

La enfermera tomó suavemente a la niña por los hombros.

—Su hermanito está en la habitación 412 —explicó en voz baja—. Cáncer. Ella viene todos los días con su abuela. Se escapa a rezar por los niños más graves.

Rodrigo miró a Lupita de nuevo.

La botellita dorada seguía en su mano.

—No le hice daño —añadió la niña, seria—. Solo le pedí a Dios que no se lo llevara.

Algo en su voz no tenía fanatismo.

Tenía certeza.

La enfermera la sacó del cuarto.