Como Nico.
—¿De dónde sacas el agua?
—La trae mi abuelita. Caminamos desde el camión porque no tenemos coche.
Rodrigo miró la habitación compartida, los muebles viejos, la falta de comodidades.
Luego miró sus propios zapatos italianos.
Sus relojes caros.
Su habitación privada con vista a jardines perfectos.
—¿Y si… —dudó— y si yo pago el tratamiento de tu hermano?
Lupita frunció el ceño.
—¿Por qué?
Rodrigo no supo qué responder al principio.
Luego entendió.
—Porque alguien ayudó a mi hijo cuando yo ya no podía hacer nada.
La niña asintió lentamente.
—Entonces no fue el agua —dijo con sencillez—. Fue que usted dejó de pensar que podía comprar todo.
Esa frase lo atravesó más que cualquier diagnóstico.
Los días pasaron.
Cinco días.