Un día, mientras observaba a ambos niños jugar en el área común del hospital, Lupita se acercó.
—¿Ve? —dijo—. A veces el dinero sí sirve.
Rodrigo sonrió.
—Sí. Pero no fue lo que lo salvó.
—¿Entonces qué fue?
Él miró a Nico.
Luego la miró a ella.
—Fue que alguien creyó cuando yo ya no sabía cómo hacerlo.
Lupita levantó la botellita dorada, casi vacía.
—Mi abuelita dice que el agua no es mágica. Solo nos recuerda que no estamos solos.
Rodrigo asintió.
El hijo del millonario tenía cinco días de vida.
Pero una niña pobre, con tenis distintos y fe sin cálculo, hizo algo que ningún especialista pudo lograr:
Le recordó a un padre que el amor no se mide en cuentas bancarias.
Y que, a veces, el milagro empieza cuando uno deja de creer que lo controla todo.