—Lupita… —dijo la enfermera con un suspiro que no era de sorpresa, sino de resignación—. Otra vez te escapaste.

La niña levantó la mirada.

Lo reconoció.

—¿Se enojó mucho?

Rodrigo negó con la cabeza.

—Mi hijo abrió los ojos hoy.

Lupita sonrió como si hubiera esperado la noticia.

—Le dije que no se lo llevara.

Rodrigo sintió que la garganta se le cerraba.

—¿Tu hermanito?

La sonrisa de Lupita se apagó un poco.

—A él también le echo agua todos los días. Pero a veces Dios tarda.

Rodrigo miró al niño en la cama.

Frágil.

Pequeño.