Rodrigo se derrumbó.
No de dolor.
De alivio.
El doctor Salgado volvió a revisar análisis.
—No puedo explicarlo —admitió—. La progresión se detuvo. No ha desaparecido la enfermedad, pero su cuerpo está respondiendo como no lo había hecho.
Rodrigo pensó en la niña.
En la botellita.
En la cruz torpe sobre la frente de su hijo.
No era hombre religioso.
Nunca lo había sido.
Pero algo dentro de él se movió.
Esa tarde fue a la habitación 412.
Lupita estaba sentada en el suelo, dibujando con crayones junto a una cama donde un niño calvo dormía.
—Hola —dijo Rodrigo suavemente.