—¿Puede protegernos?
Nahuel se presionó la herida del costado.
—Si llegamos vivos, sí.
La noche cayó de golpe sobre el desierto.
El calor huyó.
El frío empezó a meterse entre las rocas.
Nahuel obligó a Elena a beber otro poco de agua. Luego arrancó tela limpia de la camisa de uno de los hombres muertos y se vendó como pudo el costado. El disparo había atravesado carne sin parecer tocar hueso.
Dolía.
Pero podía montar.
Eso bastaba.
Subió provisiones a su caballo, tomó el revólver extra y enterró la carta en el interior de su chaqueta.
Después ayudó a Elena a montar delante de él, con el bebé entre ambos, protegido por la manta.
Partieron sin mirar atrás.
Durante horas avanzaron bajo la luna, siguiendo senderos de piedra que casi nadie conocía. Nahuel elegía terreno duro para no dejar huellas claras. A veces desmontaba para borrar rastros. A veces escuchaba el desierto con una atención tan intensa que Elena contenía la respiración por miedo a romper algo invisible.
Poco antes del amanecer, llegaron a una cabaña abandonada cerca de un arroyo seco.
Nahuel bajó primero.
Sus piernas casi no quisieron responder.
Elena lo ayudó a entrar.
Encendieron un fuego pequeño.
Ella limpió la herida con manos torpes pero decididas. Nahuel apenas se quejó. Tomás, después de unas gotas de leche rebajada que encontraron en una vieja lata sellada del refugio, por fin se durmió con un sueño más profundo.
Elena se quedó observándolo.
Luego miró a Nahuel.
—¿Por qué nos ayudó?
Nahuel tardó.
No porque no supiera.
Porque sí lo sabía.
Demasiado bien.
—Porque una vez nadie llegó a tiempo para mi familia.
Elena bajó la vista.
El fuego crujió entre los dos.
Al mediodía, el sonido de caballos rodeó la cabaña.
Elena se puso de pie de un salto, apretando al niño contra el pecho.