Los lobos le habían arrancado la piel… pero ella seguía sin soltar al bebé. Cuando el apache la encontró en el desierto, comprendió que no había venido a salvar vidas… sino a unirse a una cacería.

El hombre del frente alzó un rifle con una cinta roja atada al cañón.

No era un adorno.

Era una marca.

Una señal que Nahuel no había visto en años, pero que seguía clavada en su memoria como una espina vieja.

Los cazadores de Mercer.

Hombres pagados para perseguir, limpiar, desaparecer.

No dejaban testigos.

No dejaban cuerpos que pudieran hablar.

La mujer notó el cambio en su rostro.

—Usted los conoce…

Nahuel no respondió de inmediato.

Se agachó junto a ella, soltó el rifle un segundo y cortó con el cuchillo los trapos que sujetaban al bebé a su pecho.

El pequeño gimió apenas.

Eso bastó para confirmar que seguía aferrado a la vida.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Nahuel.

—Elena.

—¿Y el niño?

Ella tragó saliva.

—Tomás.

Nahuel asintió una sola vez.

Después se quitó la cantimplora del hombro, la colgó del suyo a ella y señaló el paso angosto entre las rocas.

—Escúchame bien, Elena. Vas a caminar hasta esa grieta. Hay una pequeña hondonada detrás de la piedra grande. Te vas a meter ahí con el niño y no vas a salir aunque escuches disparos, gritos o mi nombre. ¿Entendiste?

Elena lo miró como si no pudiera creer que aquel desconocido estuviera dispuesto a quedarse.

—Nos van a encontrar.

—Solo si les doy tiempo.

—Son cuatro.

Nahuel levantó el Winchester.

—Entonces tendré que ser más rápido que cuatro.

No hubo heroísmo en su voz.

Solo cálculo.

Solo una calma dura, nacida de la costumbre.

Se inclinó, pasó un brazo por la espalda de Elena y la ayudó a incorporarse. Ella ahogó un gemido. Tenía una pierna lastimada. La sangre seca en el tobillo confirmaba lo que el desierto ya había intentado terminar.

Nahuel la sostuvo el tiempo suficiente para que se pusiera en pie.

—Muévete ahora.

Elena abrazó al bebé y cojeó hacia las rocas, tropezando dos veces antes de desaparecer en la grieta.

Nahuel esperó a que dejara de verla.

Luego caminó hacia su caballo.

Le acarició el cuello.

Sacó del morral dos cartuchos más, una cuerda corta, una manta enrollada y un viejo revólver de reserva.

Las sombras montadas seguían acercándose.

Ya podía distinguir sus sombreros, sus chaquetas polvorientas, la arrogancia relajada con la que avanzaban.

El del frente sonreía.

Dalton.

Incluso a la distancia tenía cara de hombre acostumbrado a que otros se doblaran antes de que él tuviera que ensuciarse las manos.

Nahuel ató la manta a una rama seca y la colocó detrás de una roca alta, de forma que el viento la moviese como si alguien respirara escondido ahí. Luego llevó el caballo hasta otro punto más al sur, lo dejó cubierto por matorrales y regresó agachado al paso estrecho.

Se arrodilló detrás de una piedra plana.

Apoyó el Winchester.

Esperó.

Los cuatro jinetes entraron al cañón levantando polvo rojo.

Dalton fue el primero en hablar.

—¡No tienes adónde correr, Elena! —gritó con una voz limpia, casi alegre—. Baja al niño y te prometo que esto terminará rápido.

Su tono hizo que la piel del aire se volviera más fría.

Otro de los hombres soltó una carcajada.

—Seguro ya se la comieron los coyotes.

Dalton vio la manta moviéndose detrás de la roca.

Enderezó la espalda.

—Ahí estás.

Nahuel apretó el gatillo.

El disparo le abrió el pecho al hombre de la izquierda antes de que entendiera qué ocurría. Cayó del caballo como un saco vacío.

Los animales se encabritaron.

El eco golpeó las paredes del cañón.

—¡Emboscada! —rugió uno.

Nahuel ya había rodado hacia otro punto.

Una lluvia de balas astilló piedra donde había estado un segundo antes.

Dalton tiró de las riendas y buscó cobertura.

—¡Sáquenlo! —gritó—. ¡Lo quiero vivo si se puede!

Nahuel sonrió sin humor.

Si se puede.

Eso quería decir que sabían quién era.

Y si sabían quién era, aquello olía todavía peor.

Disparó de nuevo.

Le dio al caballo de otro hombre en la paleta. El animal chilló, se alzó sobre las patas traseras y lanzó a su jinete contra el suelo. El tipo alcanzó a levantarse medio aturdido, pero Nahuel ya le había apuntado al hombro. La bala lo giró y lo estampó contra la roca con un alarido.

Quedaban Dalton y uno más.

Dos contra uno.

Mejor.

Dalton desmontó y se movió con rapidez hacia una formación de piedra.

No era solo un matón.

Sabía pelear.

El cuarto hombre, más joven, respiraba agitado mientras intentaba rodear por la derecha.

Nahuel lo oyó antes de verlo.

Arena cediendo.

Piedra pequeña cayendo.

Se giró justo cuando el muchacho apareció con el revólver levantado. Nahuel disparó primero. La bala le atravesó la garganta. El joven soltó el arma y cayó de rodillas, llevándose ambas manos al cuello en un gesto inútil y desesperado.

Silencio.

Solo el viento.

Solo el caballo herido respirando como si el pecho se le fuera a romper.

Nahuel mantuvo la vista fija en la roca donde se ocultaba Dalton.

—Ya no te quedan hombres —dijo.

—Tampoco a ti te queda salida —contestó Dalton.

Su voz salió más cerca de lo esperado.

Nahuel se movió apenas.

Demasiado tarde.

Dalton disparó.

La bala le rozó el brazo izquierdo, arrancándole tela y piel. Un ardor feroz le subió hasta el hombro. Nahuel apretó los dientes y se cubrió tras la piedra mientras otro disparo arrancaba una esquirla junto a su oreja.

Dalton cambió de posición con rapidez.

—Sigues vivo, apache —dijo—. Siempre fuiste terco.

Ahí estaba.