Los lobos le habían arrancado la piel… pero ella seguía sin soltar al bebé. Cuando el apache la encontró en el desierto, comprendió que no había venido a salvar vidas… sino a unirse a una cacería.

—Todavía no.

Elena se acercó y vio los cuerpos.

Después vio a Dalton tendido en la arena.

Su respiración se quebró.

No por pena.

Por liberación.

Como si el cuerpo, al fin, se permitiera entender que el monstruo ya no iba a levantarse.

Tomás soltó otro llanto, esta vez un poco más fuerte.

Elena lo abrazó y lloró en silencio sobre su cabeza.

Nahuel recogió el Winchester y caminó hasta el cadáver de Dalton. Lo revisó con rapidez. En el bolsillo interior llevaba una cartera, unas monedas, un reloj de plata y un sobre doblado.

Nahuel abrió el sobre.

Dentro había una hoja con un sello.

Una carta firmada por Elias Mercer.

Pocas líneas.

Directas.

“Hazlo lejos de la ciudad. Quiero a la mujer y al niño muertos antes del domingo. No dejes rastro.”

Nahuel sostuvo el papel un instante.

Elena lo vio y se tapó la boca.

—Eso… eso prueba todo.

—Prueba suficiente para un juez honesto —dijo Nahuel.

—No hay jueces honestos cerca de Mercer.

Nahuel alzó la mirada hacia las montañas ya oscuras.

Tenía razón.

Llevar aquello al sheriff local sería como entregárselo de vuelta a Mercer con una reverencia.

—Conozco a alguien en Tucson —dijo Nahuel—. Un marshal federal. Me debe dos favores y odia a Mercer desde hace años.

Elena lo miró como se mira un puente colgando sobre un abismo.

Con miedo.

Con necesidad.