Los lobos le habían arrancado la piel… pero ella seguía sin soltar al bebé. Cuando el apache la encontró en el desierto, comprendió que no había venido a salvar vidas… sino a unirse a una cacería.

Nahuel tomó el rifle, aunque el dolor casi le nubló la vista.

Pasos afuera.

Voces.

Hombres.

Se colocó junto a la puerta.

Esperó.

Y entonces una voz firme gritó desde el exterior:

—¡Nahuel! ¡Baja el arma! ¡Soy Thomas Reed!

Nahuel exhaló despacio.

Abrió la puerta apenas lo suficiente para ver la estrella metálica en el pecho del hombre.

El marshal.

Había llegado.

Y no venía solo.

Traía seis agentes federales.

Horas más tarde, ya en Tucson, Elena declaró todo.

Mostró las marcas.

Contó nombres, fechas, habitaciones, órdenes.

Nahuel entregó la carta.

Y por primera vez en mucho tiempo, el dinero de Mercer no bastó para detener lo que venía.

Tres días después, Elias Mercer fue arrestado en su propia mansión, delante de su esposa, sus empleados y media ciudad mirando desde la calle.

Intentó negarlo.

Intentó comprar tiempo.

Intentó comprar silencio.

No pudo.

Dalton estaba muerto.

La carta existía.

Elena sobrevivió.

Y el niño, demasiado parecido a él, era la prueba que nunca logró enterrar.

Meses después, cuando el juicio terminó y Mercer recibió condena, Elena fue libre por primera vez desde que recordaba.

Nahuel regresó al desierto.

Pensó que ahí acabaría todo.

Pero una tarde, al volver a su cabaña, encontró a Elena sentada en el porche con Tomás dormido en brazos.

Tenía mejor color en el rostro.