Dalton siguió:
—Pero luego Mercer cambió de idea. El niño nació varón. Demasiado parecido a él. Demasiado peligroso. Si la esposa lo veía, si la ciudad empezaba a hablar, si alguien exigía herencia… se acababa la farsa del gran señor Mercer. Así que me mandó a desaparecerlos.
El viento sopló entre las piedras.
Nahuel entendió entonces por qué Elena no había dicho la verdad completa.
No era solo adulterio.
Era abuso.
Cautiverio.
Un hombre poderoso cazando a la prueba viva de su propia podredumbre.
—Y tú obedeciste —dijo Nahuel.
Dalton soltó una risa baja.
—A mí me pagan por obedecer.
—No. A ti te pagan por ser cobarde.
El insulto pegó.
Dalton salió de cobertura con el revólver arriba.
Nahuel disparó al mismo tiempo.
Las dos detonaciones tronaron juntas.
Dalton se tambaleó.
Nahuel sintió un golpe brutal en el costado, como una patada de hierro. Bajó la vista y vio la sangre oscura extendiéndose bajo sus dedos.
Dalton recibió la bala en el vientre.
Cayó de rodillas.
Aun así levantó otra vez el arma.
Nahuel no le dio oportunidad.
La tercera bala lo tumbó de espaldas.
Esta vez ya no se movió.
El cañón quedó en silencio.
Nahuel dio un paso.
Luego otro.
El costado ardía de un modo extraño, hondo, húmedo.
Se apoyó en la roca un instante hasta que el mareo pasó.
—Ya salió —susurró una voz detrás.
Elena.
Nahuel giró y la vio emergiendo de la grieta con el bebé en brazos. Estaba pálida, temblorosa, pero seguía en pie.
—Te dije que no salieras.
—Pensé que estabas muerto.
Nahuel miró la sangre en su costado.