Para rematar algo.
Eulalia se acercó a una estantería y retiró unas mantas.
Detrás apareció una puerta angosta de hierro.
—Si bajaron hasta aquí, ya no hay tiempo para mentiras —dijo—. Tienen derecho a saber.
Abrió la puerta.
Al otro lado había un cuarto pequeño.
Lleno de cajas.
Archiveros.
Fotografías.
Carpetas con nombres escritos a mano.
Teresa miró todo sin entender.
—¿Qué es esto?
Eulalia sostuvo la lámpara más alto.
—La prueba de lo que han hecho durante años.
Don Ricardo frunció el ceño.
Eulalia sacó una carpeta y se la entregó.