Eulalia negó con la cabeza.
—No. Ellos no los siguieron. Ellos regresaron porque venían por algo.
Arriba se oyó la voz de Luis.
—Te dije que entraron aquí.
Mariana respondió, nerviosa.
—No deberíamos estar haciendo esto.
—Ya empezamos. Ahora terminamos.
Don Ricardo cerró los ojos.
No era duda.
No era desesperación.
Era decisión.
Sus hijos habían vuelto.
No por culpa.
No para salvarlos.