—Me llamo Eulalia. Y no son los primeros padres que llegan aquí temblando, con arena en la ropa y traición en los ojos.
Don Ricardo sintió que el estómago se le cerraba.
—¿Qué está diciendo?
Eulalia lo miró con una dureza triste.
—Que sus hijos no inventaron esto. Alguien les enseñó.
Arriba, la puerta de la cabaña se abrió de golpe.
Los tres se congelaron.
Se escucharon pasos.
Uno pesado.
Otro más ligero.
Teresa empezó a llorar en silencio.
Don Ricardo subió la vista hacia el techo de madera.
Reconoció esa forma de caminar.
Luis.
Y Mariana.
La sangre se le heló.
—Nos siguieron —murmuró.