Los dejaron en el desierto sin agua ni esperanza… pero al llegar a una vieja cabaña, los ancianos encontraron algo que nadie habría imaginado.

Alguien la había encendido.

Los dos dieron un salto.

Y entonces vieron a la mujer.

Era anciana.

Delgada.

Cabello blanco recogido en una trenza larga.

Rostro marcado por el sol y por años que no habían sido amables.

Pero sus ojos estaban vivos.

Atentos.

Dolorosamente atentos.

—Hablen bajo —susurró ella—. Si son quienes creo, no tienen mucho tiempo.

Teresa retrocedió, asustada.

—¿Quién es usted?

La mujer dejó la lámpara sobre una caja.