Los dejaron en el desierto sin agua ni esperanza… pero al llegar a una vieja cabaña, los ancianos encontraron algo que nadie habría imaginado.

—Y hoy pensaban llevarse mis pruebas.

Luis la miró con odio.

—Tú debiste morir hace años.

Mariana soltó un gemido.

Teresa cerró los ojos como si esa frase la hubiera apuñalado.

Pero Eulalia no tembló.

—Y tú debiste recordar quién te enseñó a caminar.

De pronto, a lo lejos, se oyó otro motor.

Luego otro.

Y otro más.

No eran ecos.

Eran camionetas.

Luis giró hacia la puerta.

La sangre se le fue del rostro.

—No…

Eulalia levantó el teléfono satelital.