Los dejaron en el desierto sin agua ni esperanza… pero al llegar a una vieja cabaña, los ancianos encontraron algo que nadie habría imaginado.

—Sí.

Sirenas.

En medio del desierto.

Afiladas. Reales. Cada vez más cerca.

Luis intentó correr, pero Don Ricardo le bloqueó el paso.

No con fuerza.

Con algo peor.

Con la mirada.

—Ni una sola vez —dijo con voz rota—. Ni una sola vez te faltó un plato en nuestra mesa. Y aun así elegiste convertirnos en estorbo.

Luis quiso hablar, pero no pudo.

Las sirenas ya rodeaban la cabaña.

Mariana cayó de rodillas.

—Perdón, mamá… perdón…

Teresa lloró, pero no avanzó hacia ella.

Porque hay heridas que sangran incluso cuando el culpable suplica.

Minutos después, hombres uniformados entraron, aseguraron la zona y tomaron las carpetas.

Eulalia entregó años de pruebas con manos firmes.