Los dejaron en el desierto sin agua ni esperanza… pero al llegar a una vieja cabaña, los ancianos encontraron algo que nadie habría imaginado.

Luis endureció la mandíbula.

—No entiendes nada.

—Explícame —dijo Don Ricardo—. Explícame cómo un hijo decide dejar morir a quienes lo alimentaron.

Luis bajó la mirada apenas un segundo.

Y ese segundo bastó para mostrar lo que había debajo.

Miedo.

Desesperación.

Y algo más oscuro.

—No tenía salida —dijo—. Debía dinero. Mucho. Ustedes tenían la casa, el terreno, las escrituras. Mariana y yo ya habíamos firmado con esa gente.

—¿Qué gente? —preguntó Teresa desde abajo.

Mariana se derrumbó.

—Una red. Buscan ancianos solos. Les prometen a los familiares una parte. Les consiguen abogados, papeles, compradores. Si todo sale limpio, pagan. Si no… desaparecen a todos.

Eulalia subió detrás de ellos con la lámpara en alto.