Los dejaron en el desierto sin agua ni esperanza… pero al llegar a una vieja cabaña, los ancianos encontraron algo que nadie habría imaginado.

La voz de su padre.

Firme.

Clara.

Imposible de confundir.

—No des un paso más, hijo.

Hubo un silencio brutal.

Luego la tapa se abrió del todo.

La luz del atardecer cayó sobre el rostro de Luis.

Estaba pálido.

Sudando.

Con una llave inglesa en la mano.

Mariana estaba detrás de él, llorando.

Al ver a sus padres vivos, retrocedió como si hubiera visto fantasmas.

—Papá… mamá…

Don Ricardo subió un escalón.

—No. No nos llames así si venías a rematarnos.