Entonces hizo algo que Teresa no esperaba.
Se enderezó.
Secó su rostro.
Y cerró la carpeta.
—No voy a esconderme más.
Teresa lo miró horrorizada.
—Ricardo, no.
Él volteó hacia ella.
Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero también de una firmeza que ella no veía desde hacía años.
—Nos robaron la vejez, Teresa. No les voy a regalar también la verdad.
Antes de que pudiera detenerlo, Don Ricardo caminó hacia la escalera.
Luis ya había levantado la trampilla medio palmo cuando una voz surgió desde abajo.