—Salgan de una vez —gritó—. No compliquen esto.
Teresa se aferró al brazo de Ricardo.
—¿Qué vamos a hacer?
Eulalia respiró hondo y abrió otra caja.
De ella sacó un teléfono satelital viejo.
—Hace dos días logré enviar un mensaje a una patrulla rural. Les di coordenadas. Les dije que hoy regresarían por documentos escondidos. Pero si no llegan a tiempo…
No terminó la frase.
No hacía falta.
Mariana empezó a llorar arriba.
—Luis, por favor… esto ya está mal.
—Cállate. Ya firmaron todo. Si los encontramos vivos, nos arruinan.
Don Ricardo sintió que algo dentro de él se rompía.
No con ruido.
No con ira.
Con una clase de dolor más honda.
El dolor de descubrir que el hijo al que cargó sobre sus hombros se había convertido en un extraño.
Y que ese extraño estaba dispuesto a enterrarlos.