Los dejaron en el desierto sin agua ni esperanza… pero al llegar a una vieja cabaña, los ancianos encontraron algo que nadie habría imaginado.

Nadie dijo nada.

La lámpara tembló levemente en su mano.

—Me bajó del coche llorando. Me abrazó. Me dijo que era por necesidad. Que luego volvería. Pero no vino solo. Había otros como él. Hijos, sobrinos, hasta nietos. Traían a sus viejos. Les quitaban las propiedades antes, los hacían firmar poderes, ventas, renuncias… y luego los abandonaban aquí para que el desierto terminara el trabajo.

Teresa se cubrió la boca con ambas manos.

—Dios mío…

—Yo sobreviví porque encontré esta cabaña —continuó Eulalia—. Era de mi padre. Él la usaba cuando cruzaba mercancía hace décadas. Después empecé a ver patrones. Coches distintos. Mismo miedo en los ojos de quienes llegaban. Empecé a recoger pruebas. A esconder gente. A esperar el momento.

Don Ricardo bajó la mirada a la carpeta.

Sus hijos no solo eran crueles.

Eran parte de algo mucho peor.

Arriba se escuchó otro golpe.

Más fuerte.

La trampilla vibró.

Luis había encontrado la alfombra.