Dos semanas después, un sábado por la tarde, doña Estela le pidió que la acompañara a inspeccionar una propiedad que tenía en las afueras de lagos de Moreno, cerca del camino que llevaba a San Juan de los lagos. Isabela dejó a sus hijos con una vecina y subió a la camioneta de la millonaria, nerviosa y confundida. Llegaron a un terreno grande cubierto de maleza, donde se alzaba una casa vieja de madera y adobe. Pero lo más extraño de esa casa era que estaba completamente inclinada hacia un lado, como si una mano gigante la hubiera empujado.
Las paredes se curvaban en ángulos imposibles. El techo parecía a punto de desplomarse. Las ventanas estaban rotas. “Esta es mi casa vieja”, dijo doña Estela mientras caminaban alrededor de la estructura. Mi abuelo la construyó hace casi 100 años, pero lleva décadas abandonada. Nadie la quiere. Dicen que está embrujada. Isabela observó la casa con curiosidad, más que con miedo. No creía en fantasmas, pero sí notó algo extraño. La inclinación no era uniforme. Era como si algo muy pesado estuviera jalando la casa hacia un lado específico.
¿Por qué está tan chueca, señora? Doña Estela miró con esos ojos grises penetrantes y por un momento Isabela pensó que iba a recibir una respuesta, pero la millonaria solo sonríó de nuevo con esa sonrisa misteriosa y cansada. Eso, querida Isabela, es un secreto que solo yo conozco. Regresaron a la hacienda en silencio, pero Isabela no podía dejar de pensar en esa casa chueca y en las palabras de doña Estela. Había algo oculto ahí, algo importante, y sin saber por qué, sentía que ese secreto estaba a punto de cambiar su vida para siempre.