La viuda aceptó una casa chueca como pago de su patrona, pero la razón de que estuviera chueca le cambió la vida. Isabela era una viuda con seis hijos que pasaba hambre. Su patrona millonaria le ofreció como pago una casa vieja y chueca que nadie quería. Una casa tan inclinada que parecía a punto de caerse, que todos decían estaba Pero cuando descubrió por qué estaba tan torcida, cuando abrió el cuarto cerrado que hacía que toda la estructura se inclinara hacia un lado, comprendió que acababa de recibir mucho más que un techo y ahora tendrá que defender con su vida lo que la generosidad le dio.
El día que Isabela Ramírez vio a su esposo Rafael desplomarse en medio del taller de carpintería, con la mano apretada contra el pecho y los ojos desorbitados por el dolor, supo que su vida acababa de quebrarse en pedazos. No hubo tiempo para despedidas. No hubo palabras finales, solo el golpe seco del cuerpo contra el suelo de concreto, el grito ahogado de ella y después el silencio sepulcral que se instaló en su hogar como un fantasma permanente.
Rafael tenía 42 años, Isabela 38 y seis hijos que alimentar. Emiliano de 14, los gemelos Mateo y Santiago de 11, Lucía de 9, pequeña Carmen de 7 y el bebé Gael, que apenas cumplía 2 años. Los primeros meses fueron un descenso al infierno. El taller cerró, las deudas crecieron. Los acreedores llegaban a la puerta exigiendo pagos que Isabela no podía cumplir. Vendió las herramientas de Rafael, los pocos muebles buenos que tenían, hasta su anillo de matrimonio, pero nada era suficiente.