Una tarde de noviembre, mientras Isabela barría el corredor del segundo piso, escuchó voces fuertes que venían del despacho de doña Estela. Eran sus sobrinos Rodrigo y Fernanda Mendoza, que visitaban la hacienda cada mes con la excusa de ver cómo estaba la tía. pero que en realidad solo querían asegurarse de que su herencia estuviera intacta. “Tía, es ridículo que vivas sola en esta casa enorme con solo una sirvienta”, decía Rodrigo con voz melosa. “Deberías venir a vivir con nosotros a Guadalajara.
Podemos cuidarte mejor.” No necesito que me cuiden”, respondió doña Estela con voz seca como el desierto, “y mucho menos ustedes, que solo esperan que me muera para repartirse lo que me queda.” El silencio que siguió fue tenso y helado. Isabela se quedó paralizada con la escoba en las manos, sin atreverse a moverse. Luego escuchó los pasos furiosos de los sobrinos bajando las escaleras, sus murmullos envenenados. Vieja testaruda. Ya veremos quién tiene la última palabra. Esa noche, mientras Isabela terminaba de limpiar la cocina, doña Estela entró con un vaso de agua, se sentó a la mesa, algo que nunca hacía, y la observó en silencio durante largo rato.
Isabela, dijo finalmente, “¿Tú qué harías si tuvieras mucho dinero y ningún hijo propio?” La pregunta la tomó desprevenida. Isabela dejó el trapo sobre el fregadero y se volvió hacia su patrona. No lo sé, señora. Supongo que me aseguraría de que no cayera en manos equivocadas. Doña Estela sonrió por primera vez. No fue una sonrisa cálida, sino más bien triste, cansada. Eres más lista de lo que aparentas, murmuró Isabela. No supo qué responder a eso, pero esa conversación se le quedó grabada en la mente durante días.