Pero en el pueblo las lenguas no tardaron en empezar a moverse. Isabela Ramírez, la viuda respetable, ahora trabajaba de sirvienta para la millonaria. ¡Qué vergüenza! ¡Qué caída! Las comadres murmuraban en el mercado, en la iglesia, en cada esquina. Es que no tiene dignidad, decía doña Remedios, la chismosa más grande de Lagos de Moreno. Yo preferiría morirme de hambre antes que rebajarme así. Isabela escuchaba los comentarios y apretaba los puños. Pero no respondía. No podía darse ese lujo.
Sus hijos necesitaban comer. Los primeros días en la hacienda fueron agotadores. Isabela llegaba cuando todavía estaba oscuro, dejando a Emiliano a cargo de sus hermanos y no regresaba hasta que el sol ya se había puesto. La casa grande era enorme, tres pisos, más de 20 habitaciones, pisos de mármol que había que trapear de rodillas, ventanas inmensas que requerían horas de limpieza. Y doña Estela era exigente, sí, pero no cruel. La observaba trabajar con esos ojos grises e indescifrables, pero nunca le gritaba, nunca la insultaba como Isabel la había temido.
De hecho, había algo extraño en la forma en que doña Estela trataba. A veces, cuando Isabela estaba limpiando la biblioteca, sentía la mirada de la millonaria sobre ella. Otras veces, doña Estela le hacía preguntas inesperadas. Tu hijo mayor va a la escuela, el bebé está sano. ¿Qué estudiaba tu esposo? Isabela respondía con respeto, pero con honestidad. Y poco a poco algo empezó a cambiar. Doña Estela comenzó a darle ropa que ya no usaba, juguetes viejos de su hijo para Gael, libros para Emiliano, pequeños gestos que Isabela recibía con gratitud inmensa.