La Viuda Aceptó Una Casa Chueca Como Pago De Su Patrona — Pero La Razón De Que Estuviera Chueca…

Tengo seis hijos y espera aquí”, interrumpió la mujer y cerró la puerta en su cara. Isabela esperó bajo el sol inclemente, sintiendo como el sudor le corría por la espalda y la vergüenza le quemaba las mejillas. Casi una hora después, la puerta se abrió de nuevo. Esta vez era otra persona, una mujer alta de unos 60 años, vestida con elegancia sencilla, el cabello plateado recogido en un moño impecable. Sus ojos eran grises y penetrantes, como si pudieran leer cada secreto que Isabela intentaba ocultar.

“Tú eres la viuda de Rafael Ramírez”, dijo sin preámbulo. No era una pregunta. “Sí, señora. ¿Cuántos hijos tienes? Seis, señora. ¿Y qué edad tiene el menor? Dos años, señora. Doña Estela observó en silencio durante lo que pareció una eternidad. Luego asintió levemente. Necesito alguien que limpie, que cocine, que se encargue de la casa grande. El trabajo es pesado, las horas son largas. No tolero la pereza ni las excusas. ¿Puedes con eso? Sí, señora,”, respondió Isabela sin vacilar, aunque no tenía idea de cómo iba a arreglárselas con Gael.

“Puedo con lo que sea. El pago es justo. Empiezas mañana a las 6 de la mañana. No llegues tarde. Y eso fue todo. Doña Estela cerró la puerta e Isabela regresó a su casa casi corriendo con el corazón latiendo tan fuerte que pensó que se le iba a salir del pecho. Esa noche, por primera vez en meses, logró comprar pan y leche para sus hijos. Los vio comer con una mezcla de alivio y tristeza que le apretaba la garganta.