Confío en el criterio de Estela. Si ella dice que esto es legítimo, es suficiente para mí. 20 minutos después, Isabela salió de esa oficina con un sobre manila lleno de billetes de 500 y 1000 pesos, 150,000 pesos, un peso que era físico, pero también simbólico, el peso de la esperanza. En el trayecto de regreso, doña Estela le dio consejos prácticos. Busca a don Aurelio Campos. Es maestro albañil en la Moreno, el mejor de la región. Dile que yo te mandé.
Puede arreglar tu casa en dos semanas si trabajas rápido. Usa 80,000 para las reparaciones. Guarda el resto para emergencias y para tus hijos. Y si Rodrigo intenta detener las obras, no puede, es tu propiedad. Pero trabaja rápido, Isabela, muy rápido. Cuando Isabela llegó de regreso a la casa chueca, eran casi las 3 de la tarde. Sus hijos corrieron a recibirla y ella los abrazó con una fuerza que los hizo gritar de risa. Luego les mostró el sobre con el dinero, sin decirles exactamente cuánto había y les explicó que iban a arreglar la casa.
¿De verdad, mamá?, preguntó Lucía con los ojos brillantes. ¿Va a tener electricidad y agua caliente? Sí, mi amor, todo lo que necesitamos. Esa tarde Isabela caminó hasta el pueblo y encontró a don Aurelio Campos en su taller, un hombre de unos 50 años con manos enormes y rostro curtido por el sol. Cuando ella mencionó el nombre de doña Estela, don Aurelio se enderezó con respeto. Si doña Estela manda, entonces yo trabajo para usted. ¿Cuándo empezamos? Mañana. Y necesito que trabaje rápido, muy rápido.
Don Aurelio llegó el miércoles al amanecer con una cuadrilla de cinco hombres. Comenzaron inmediatamente. Reforzaron las vigas principales del techo, repararon las grietas de las paredes con mezcla nueva, cambiaron las ventanas rotas, instalaron electricidad con ayuda de un electricista del pueblo, conectaron la tubería de agua, lijaron y barnizaron el piso de madera. La casa se transformó en un herbidero de actividad. Los niños ayudaban cargando herramientas y barriendo el acerrín. Isabela cocinaba comida abundante para los trabajadores y supervisaba cada detalle.
Y don Aurelio, cumpliendo su palabra, trabajaba desde que salía el sol hasta que se ocultaba sin descanso. Pero el jueves por la tarde, cuando Isabela fue al pueblo a comprar más provisiones, escuchó los murmullos. Las comadres del mercado hablaban de ella. Dicen que encontró dinero escondido en esa casa. No, yo escuché que doña Estela le está dando más dinero a escondidas. Y si hay algo valioso ahí, ¿por qué si no iba a regalarle una casa? Isabela apretó los dientes y siguió caminando.