Lagos de Moreno, el pueblo donde había vivido toda su vida, de repente se sentía hostil y frío. Las antiguas amigas la miraban con lástima, o peor aún, con desprecio apenas disimulado. Pobre Isabela, murmuraban en la plaza. ¿Cómo va a mantener a esos seis niños sola? Una tarde de octubre, con el estómago vacío y los niños llorando de hambre en casa, Isabela caminó hasta la hacienda los laureles en las afueras del pueblo. Era una propiedad inmensa que pertenecía a doña Estela Vázquez de Mendoza, una mujer millonaria conocida en toda la región por su fortuna y su carácter difícil.
Decían que era viuda también, aunque de eso hacía más de 20 años. Decían que era dura como la piedra y fría como el hielo, pero también decían que pagaba bien. Isabela tocó la puerta de servicio con manos temblorosas, le abrió una mujer mayor de rostro severo que la miró de arriba a abajo con desconfianza. “¿Qué quieres?” Vengo a preguntar si necesitan ayuda”, dijo Isabela, tragando su orgullo como si fuera vidrio molido. “Puedo limpiar, cocinar, lo que sea necesario.