Rodrigo Mendoza no estaba solo en esto. Había contratado a alguien, alguien que vigilaría esa casa y noche, alguien que reportaría cada movimiento de Isabela, cada entrada, cada salida, cada visitante. Y cuando finalmente descubrieran qué secreto ocultaba esa casa chueca, cuando finalmente entendieran por qué doña Estela se la había dado a una simple sirvienta, la guerra verdadera apenas comenzaría. El martes amaneció con un cielo despejado que prometía calor intenso. Isabela se levantó antes del alba, se aseó lo mejor que pudo con el agua fría de la llave oxidada del baño y se vistió con su ropa más presentable.
El collar antiguo descansaba en una bolsita de tela dentro de su bolsillo, pesando más por su significado que por su tamaño. Dejó a Emiliano a cargo de sus hermanos con instrucciones estrictas. No abrir la puerta a nadie. mantener cerradas las ventanas que todavía tenían vidrios, y si veían el Mercedes negro de Rodrigo esconderse en el cuarto de atrás hasta que se fuera. “Mamá, me estás asustando”, dijo Emiliano con el seño fruncido. Tenía 14 años, pero a veces parecía mucho mayor, especialmente desde la muerte de su padre.
“No te asustes, mi amor. Solo sé precavido. Volveré antes del mediodía.” El trayecto hasta la hacienda los laureles se sintió eterno. Cada minuto que pasaba lejos de sus hijos era una agonía. Pero cuando finalmente llegó y doña Estela abrió la puerta personalmente, Isabela sintió que podía respirar de nuevo. Pasa, pasa, te estaba esperando. En el despacho privado de doña Estela, Isabela sacó el collar con manos temblorosas. La millonaria lo examinó bajo la luz de la ventana, girando el medallón entre sus dedos con cuidado experto.
Es hermoso. Finales del 1800, diría yo, probablemente de Europa, traído a México durante el porfiriato. Levantó la vista hacia Isabela. Escogiste bien. Esto es valioso, pero no tan raro como para atraer demasiada atención. Sea, ¿cuánto cree que valga? En el mercado abierto con certificados de autenticidad y procedencia podría valer entre 200 y 300,000 pesos, pero nosotros no vamos al mercado abierto. Doña Estela envolvió el collar de nuevo en la tela. Tengo un amigo en Guadalajara, Edmundo Salazar.