“Mamá”, susurró Lucía tomando la mano de Isabela. “¿De verdad vamos a vivir aquí?” “Sí, mi amor, y la vamos a arreglar poco a poco. Ya verás que va a quedar preciosa.” Pero en su interior, Isabela sintió una punzada de duda. ¿Cómo iba a ser habitable este lugar? No tenía dinero para reparaciones, apenas tenía para comer. Abrió la puerta principal que crujió con un sonido que parecía un lamento, y entraron todos juntos. El interior era oscuro y olía a humedad antigua.
El piso de madera estaba cubierto de polvo y hojas secas que habían entrado por las ventanas rotas. En la sala había muebles viejos cubiertos con sábanas blancas que parecían fantasmas en la penumbra. Pero lo que más llamó la atención de Isabela fue la distribución extraña de la casa. Había una sala grande, una cocina pequeña con estufa de leña, dos habitaciones a la izquierda, un baño diminuto y una puerta cerrada al final de un pasillo corto del lado este de la casa.
La puerta estaba hecha de madera gruesa, con un candado viejo y oxidado colgando de una argolla de hierro. Isabela se acercó a esa puerta y la tocó con la palma de la mano. La madera estaba fría, demasiado fría para ser normal. Y cuando apoyó el oído contra la superficie, le pareció escuchar algo. No un sonido exactamente, sino más bien una presencia, como si el cuarto respirara. Mamá, ¿qué hay ahí?, preguntó Emiliano acercándose con curiosidad. No lo sé.
Está cerrado con llave. ¿Podemos abrirlo? Isabela miró el candado. Era viejo pero resistente. Necesitarían herramientas para abrirlo o la llave. Mañana buscaré la forma de abrirlo, prometió. Ahora ayúdenme a limpiar. Tenemos mucho trabajo. Pasaron todo el día barriendo, trapeando, sacando las sábanas de los muebles viejos, abriendo ventanas para que entrara aire fresco. Los niños trabajaron con una energía sorprendente, cantando y riendo a pesar del cansancio. Para ellos esto era una aventura, un nuevo comienzo. Cuando el sol comenzó a ponerse, Isabela hizo una cena simple con las provisiones que había traído.