Rodrigo y Fernanda permanecieron sentados en un rincón lanzándole miradas de odio puro que prometían venganza. Cuando terminó el proceso y el notario le entregó las escrituras en un sobre Manila, Isabela sintió que sus piernas apenas la sostenían. Doña Estela guió hacia la salida, ignorando por completo a sus sobrinos. Pero justo cuando llegaban a la puerta, Rodrigo habló con voz baja y llena de amenaza. Esto no se va a quedar así, tía. Vamos a impugnar ese traspaso. Y en cuanto a ti, sus ojos se clavaron en Isabela.
Disfruta tu casita chueca mientras puedas. No va a ser tuya por mucho tiempo. En la camioneta de regreso a la hacienda, doña Estela manejó en silencio durante largo rato. Finalmente, cuando ya estaban saliendo del pueblo, habló, “No les hagas caso. No tienen ningún poder legal para quitarte esa casa. Las escrituras están a tu nombre. Es tuya, Isabela, tuya y de tus hijos.” Pero Isabela no se sentía tranquila. Conocía a hombres como Rodrigo, conocía esa clase de odio y sabía que él no se detendría solo porque la ley no estuviera de su lado.
Esa tarde después del trabajo, Isabela reunió a sus seis hijos en su pequeña casa rentada y les dio la noticia. Emiliano, el mayor, la miró con una mezcla de alegría y desconfianza. Una casa, mamá. De verdad, de verdad, mi amor. Es vieja y está un poco chueca, pero es nuestra. Finalmente tenemos un lugar propio. Los gemelos Mateo y Santiago gritaron de emoción. Lucía y Carmen abrazaron a su madre llorando de felicidad. Solo pequeño Gael de 2 años.
No entendía del todo qué estaba pasando, pero sonreía porque todos los demás sonreían. Pasaron los siguientes tres días preparándose para la mudanza. No tenían mucho que empacar. ropa, algunas ollas, los juguetes gastados de los niños, los cuadernos escolares, pero cada objeto se sentía más ligero ahora que sabían que lo llevarían a un hogar propio. El sábado por la mañana temprano, llegaron a la casa chueca con ayuda de un vecino que tenía una camioneta pickup. Los niños bajaron corriendo del vehículo y se quedaron parados frente a la propiedad con las bocas abiertas.
La casa era aún más extraña de lo que Isabela recordaba. La estructura completa se inclinaba hacia el este, como si algo pesadísimo jalara desde ese lado. El techo de tejas rojas estaba parcialmente hundido. Las paredes de adobe mostraban grietas profundas. Las ventanas de madera estaban hinchadas por la humedad. El pórtico frontal se curvaba en un ángulo imposible. Alrededor de la casa, el terreno estaba cubierto de maleza alta y árboles salvajes que no habían sido podados en décadas.