La Viuda Aceptó Una Casa Chueca Como Pago De Su Patrona — Pero La Razón De Que Estuviera Chueca…

No tenía por qué avisarles, respondió doña Estela con sequedad. Mis asuntos no les conciernen, pero tía, intervino Fernanda con falsa dulzura. Somos familia. Todo lo que hagas nos concierne, especialmente cuando se trata de regalar propiedades de la familia a extraños. Sus ojos se clavaron en Isabela con un desprecio tan puro que casi era tangible. Isabela sintió que la tierra se abría bajo sus pies. “¿Cómo se habían enterado tan rápido? Isabela no es una extraña”, dijo doña Estela levantando la barbilla con dignidad.

Salvó la vida de mi nieto, algo que ninguno de ustedes habría hecho. Eso no le da derecho a recibir propiedades que han pertenecido a nuestra familia por generaciones. Espetó Rodrigo dejando caer la máscara de cortesía. Esa casa era de tu abuelo, de nuestro bisabuelo. No puedes simplemente regalársela a una a una empleada doméstica. El notario Villarreal carraspeó incómodo desde su escritorio. Doña Estela tiene todo el derecho legal de disponer de sus propiedades como mejor le parezca, dijo con voz profesional.

La casa en cuestión está a su nombre desde hace más de 20 años. No existe impedimento legal para hacer el traspaso, pero existe un impedimento moral”, insistió Fernanda. “Tía, esa casa es parte de nuestro patrimonio familiar. No puedes hacer esto. Papá y mamá se revolcarían en sus tumbas si supieran. Para tu padre”, respondió doña Estela con una voz que cortaba como vidrio. Era mi hermano menor y un hombre codicioso que me pidió dinero prestado toda su vida sin devolver ni un peso, así que no me vengas con que le preocuparía el patrimonio familiar.

El silencio que siguió fue tan denso que Isabela casi podía sentirlo presionando contra su piel. Quiso desaparecer, volverse invisible, no estar ahí en medio de esa pelea familiar. Pero doña Estela tomó su mano y la apretó con firmeza. “Notario”, dijo la millonaria sin apartar la mirada de sus sobrinos. Proceda con el traspaso ahora. Los siguientes 30 minutos fueron una tortura. Isabel afirmó donde le indicaron con manos temblorosas y el corazón latiéndole tan fuerte que estaba segura de que todos podían escucharlo.