La Viuda Aceptó Una Casa Chueca Como Pago De Su Patrona — Pero La Razón De Que Estuviera Chueca…

Las lenguas venenosas del pueblo trabajaban sin descanso. En el mercado, en la plaza, en las puertas de la iglesia, el chisme crecía y se deformaba con cada repetición. Dicen que sedujo al hijo de la millonaria, murmuraba doña Remedios a un grupo de comadres. Por eso le dieron la casa. Seguro tiene algo con él. Sas no. Yo escuché que el niño se cayó al lago a propósito. Agregaba otra. Todo fue un plan para sacarle dinero a doña Estela.

Isabela escuchaba los rumores cuando iba a comprar tortillas o cuando recogía a sus hijos de la escuela y cada palabra era como una bofetada, pero ya no le importaba tanto como antes. Tenía algo más importante en que concentrarse. Sus seis niños finalmente tendrían un techo propio, aunque ese techo estuviera torcido. El miércoles por la mañana, doña Estela llegó a buscarla en su camioneta. Isabela subió nerviosa con el estómago hecho un nudo. Iban al despacho del notario Villarreal, un hombre serio de lentes gruesos y bigote canoso que había manejado los asuntos legales de la familia Mendoza por más de 30 años.

Mientras doña Estela manejaba por las calles empedradas del centro, Isabel anotó un coche negro que la seguía a cierta distancia. Era un Mercedes oscuro con vidrios polarizados. Algo en ese vehículo le produjo un escalofrío de advertencia. El despacho del notario estaba en una casona antigua de dos pisos con balcones de hierro forjado y puertas de madera labrada. Cuando entraron a la oficina principal, Isabela se sorprendió al encontrar a dos personas más esperando, Rodrigo y Fernanda Mendoza, los sobrinos de doña Estela.

Rodrigo era un hombre de unos 40 años con el cabello engominado hacia atrás. y traje caro que no podía ocultar su mirada calculadora. Fernanda, su hermana menor, tenía 35 años y un rostro que habría sido hermoso de no ser por la expresión amarga que parecía permanente en sus labios pintados de rojo oscuro. “Tía Estela,” dijo Rodrigo con voz melosa que no coincidía con el hielo en sus ojos. “Qué sorpresa encontrarte aquí. No sabíamos que tenías cita con el notario.