El niño lloraba aterrorizado, aferrándose a ella con una fuerza sorprendente para alguien tan pequeño. Isabela nadó hacia la orilla, cada abrazada más difícil que la anterior, hasta que finalmente sus manos tocaron el césped. Se arrastró fuera del lago con el niño todavía pegado a su pecho, temblando violentamente, empapada hasta los huesos. Sebastián tosía y lloraba, pero estaba vivo. Estaba respirando. Isabela lo recostó sobre el pasto y le revisó la boca para asegurarse de que no tuviera agua atrapada.
El niño la miraba con ojos enormes, llenos de lágrimas y miedo. “Ya pasó”, le susurró Isabela, acariciándole el cabello mojado. “Ya estás a salvo, ya pasó todo.” Los gritos llegaron un momento después. Doña Estela corría desde la casa con una velocidad que Isabela no habría creído posible en una mujer de su edad. Detrás de ella venían Javier y Valeria con las caras descompuestas por el pánico. “Sastián!”, gritó Valeria, cayendo de rodillas junto a su hijo y arrancándoselo de los brazos a Isabela.
“Mi bebé, mi bebé.” Javier se arrodilló también, revisando a su hijo con manos temblorosas. Doña Estela, en cambio, miró directamente a Isabela. Sus ojos grises estaban llenos de lágrimas. “Tú lo salvaste”, susurró la millonaria. “Tú lo salvaste.” Isabela no pudo responder. De repente, toda la adrenalina que la había sostenido se evaporó y comenzó a temblar incontrolablemente. Doña Estela envolvió en su propio chal y la ayudó a levantarse. “¡Rosa!”, gritó doña Estela hacia la casa. trae mantas y agua caliente rápido.