Esa noche, después de que Sebastián fue llevado al hospital como precaución y regresó con un certificado de buena salud después de que Isabela se cambió de ropa y bebió té caliente hasta que dejó de temblar, doña Estela llamó a su despacho. La millonaria estaba sentada detrás de su escritorio de caoba con las manos entrelazadas y la mirada perdida en algún punto de la pared. Cuando Isabela entró, doña Estela levantó la vista. Tenía los ojos rojos como si hubiera estado llorando.
“Siéntate”, dijo suavemente. Isabela obedeció sintiéndose extrañamente nerviosa. Doña Estela respiró hondo, como reuniendo valor para algo muy difícil. “Isabela, tú arriesgaste tu vida por mi nieto, un niño que ni siquiera conocías. Te lanzaste al agua sin pensarlo, sin pedir nada a cambio. Y eso, su voz se quebró. Eso es algo que nunca voy a poder olvidar, ni mucho menos pagar. “Shan no tiene que pagarme nada, señora,” respondió Isabela con honestidad. Cualquier persona habría hecho lo mismo. No, dijo doña Estela con firmeza.
No cualquier persona. La mayoría de la gente habría gritado pidiendo ayuda. Habría dudado. Tú no dudaste ni un segundo. Se puso de pie y caminó hacia la ventana. Durante meses te he observado, Isabela. He visto cómo trabajas sin quejarte. Cómo te humillas frente a las chismosas del pueblo con la frente en alto. Cómo amas a tus hijos con cada fibra de tu ser. Y hoy confirmaste lo que ya sabía. Eres una mujer extraordinaria. Isabela sintió que las lágrimas amenazaban con desbordarse, pero las contuvo.