Ve afuera y vigila al niño. No me fío de que sus padres estén atentos. Isabela salió al jardín con un nudo en el estómago. El sol comenzaba a ponerse tiñiendo el cielo de naranja y púrpura. Sebastián corría entre los árboles, persiguiendo mariposas imaginarias y gritando a todo pulmón. Isabela lo seguía a distancia prudente, lista para intervenir si era necesario. El jardín de la hacienda era enorme, con áreas de césped perfectamente cuidado, rosales antiguos y al fondo cerca del límite de la propiedad.
un lago artificial que el abuelo de doña Estela había mandado construir décadas atrás. El lago tenía unos 20 m de diámetro y estaba rodeado de sauces llorones. El agua se veía oscura y profunda bajo la luz del atardecer. Sebastián corrió hacia el lago como atraído por un imán. Isabela aceleró el paso. “Sastián, no te acerques mucho al agua”, llamó con voz firme pero amable. El niño la miró sobre su hombro y sonrió con esa sonrisa traviesa que todos los niños tienen cuando saben que están a punto de hacer algo prohibido.
Luego siguió corriendo cada vez más cerca del borde. “Sebastián, detente”, insistió Isabela ahora con urgencia en la voz. Pero el niño se agachó junto al agua, fascinado por algo que flotaba en la superficie. Isabela estaba a 5 m de distancia cuando vio lo que iba a pasar una fracción de segundo antes de que sucediera. Sebastián se inclinó demasiado, perdió el equilibrio. Sus brazos se agitaron en el aire, buscando algo de qué sostenerse, y luego cayó al agua con un chapuzón que resonó en el silencio del atardecer como un disparo.
Isabela no pensó, no calculó, no dudó ni por un instante. se lanzó al lago con todo y ropa, con todo y zapatos, con todo el peso del mundo sobre sus hombros. El agua estaba helada y más profunda de lo que parecía. Se hundió hasta el fondo, sintiendo el lodo frío bajo sus pies antes de impulsarse hacia arriba. Sus ojos ardían por la suciedad del agua, pero logró ver la figura pequeña de Sebastián hundiéndose, sus bracitos agitándose débilmente, su boca abierta en un grito silencioso.
Isabela nadó hacia él con toda la fuerza que le quedaba en el cuerpo. agarró al niño por la cintura, justo cuando él estaba a punto de rendirse, lo jaló hacia su pecho y pateó con las piernas, luchando contra el peso del agua que empapaba su ropa y la jalaba hacia abajo. Cada movimiento era una agonía. Sus pulmones gritaban por aire, sus músculos temblaban de agotamiento, pero no se rindió. Emergió a la superficie con Sebastián en brazos, tosiendo y escupiendo agua.