No preguntó por qué.
No pidió explicaciones.
Solo asintió.
—Como tú digas.
Me levanté.
Y antes de dar un paso, miré hacia atrás.
Doña Teresa y Alejandro seguían donde los había dejado. Observando.
Esperando que yo obedeciera.
Que yo cumpliera.
Que yo siguiera el papel que me habían asignado.
Respiré hondo.
Y entonces… levanté las manos hacia mi espalda.
El cierre del vestido cedió con un sonido suave.
Uno.
Luego otro.
La tela pesada empezó a deslizarse.
Lenta.
Irreversible.
Algunas personas cercanas comenzaron a notar.
Las conversaciones bajaron de volumen.