No fue gritada.
No fue dramática.
Pero fue clara.
Sentí algo dentro de mí romperse… y al mismo tiempo, acomodarse.
Como si por fin todo encajara, aunque doliera.
Asentí lentamente.
—Tienes razón —dije.
Los ojos de Doña Teresa brillaron, satisfecha.
Alejandro soltó el aire, aliviado.
Pero ninguno de los dos entendió.
Todavía no.
Me di la vuelta.
Caminé de regreso hacia el jardín.
Cada paso se sentía distinto. Más firme. Más mío.
La música seguía. Las risas también. Nadie parecía notar nada. O tal vez sí, pero nadie quería involucrarse.
Llegué junto a mi padre.
Seguía sentado igual. Con las manos sobre el bastón. Esperando sin saber qué.
—Papá —dije, agachándome a su lado.
Él sonrió de inmediato.
—¿Ya terminó todo?
Lo miré.
Y por primera vez en todo el día… no mentí.
—No —respondí suavemente—. Apenas está empezando.
Frunció un poco el ceño, confundido.
—¿Pasa algo, hija?
Tomé sus manos entre las mías.
Ásperas. Cálidas. Reales.
—¿Confías en mí?
No dudó.
—Siempre.
Tragué saliva.
Asentí.
—Entonces… vámonos.
Se quedó en silencio unos segundos.