El salón brillaba como si la luz no tuviera fin. Candelabros enormes colgaban del techo, reflejándose en copas de cristal y mesas cubiertas con manteles blancos impecables. La música de mariachi llenaba el aire con una alegría que no todos sentían. Afuera, los autos de lujo seguían llegando, uno tras otro, mientras los invitados —trajes finos, perfumes caros, sonrisas medidas— se acomodaban en sus lugares como piezas de un escenario perfectamente ensayado.
Y en medio de todo eso, estaba yo.
Valeria López.
Con un vestido que no parecía mío.
La tela caía pesada sobre mi cuerpo, bordada con detalles que jamás habría podido pagar ni en diez años de trabajo. Las manos me sudaban dentro de los guantes. Sonreía. O al menos eso intentaba. Porque en el fondo, había algo que no terminaba de encajar. Como si toda esa perfección no fuera más que una capa muy delgada a punto de romperse.
—No bajes la mirada —me dijo una de las estilistas minutos antes de salir—. Hoy eres la novia.
Hoy.
Como si ese día pudiera borrar todo lo que venía detrás.
Busqué entre la gente un rostro que sí fuera mío.
Lo encontré.
Allá, al fondo del jardín, casi fuera de la vista de todos, sentado en una silla sencilla que parecía fuera de lugar entre tanto lujo, estaba mi padre.
Don Miguel.