La novia se quitó el vestido en plena boda, devolvió todo el oro y se llevó a su padre ciego. Todo por una sola frase de su suegra… que dejó a todos en silencio.

Una risa se apagó a medias.

Pero yo no me detuve.

Dejé que el vestido cayera.

Ahí.

En medio de ese jardín perfecto.

Debajo, llevaba un vestido sencillo, blanco, mucho más ligero. Mucho más mío.

El aire tocó mi piel de una forma distinta.

Libre.

Caminé unos pasos hacia la mesa principal.

Tomé la caja donde estaban los regalos más importantes.

El oro.

Las joyas.

Todo lo que habían mencionado tantas veces como si fuera lo único que daba valor a ese día.

Regresé.

Cada mirada ahora estaba sobre mí.

El murmullo crecía.

Pero yo solo veía a una persona.

Doña Teresa.

Me detuve frente a ella.