Me llevó hacia un rincón más apartado, lejos del ruido, lejos de las miradas.
Ahí, su voz cambió.
Se volvió más dura.
Más real.
—Ya estuvo bien de ese espectáculo —dijo sin rodeos—. ¿Qué hace tu padre aquí?
Parpadeé, confundida.
—Es… mi papá. Quería estar conmigo hoy.
Ella soltó una carcajada seca.
—¿Contigo? —repitió—. Lo que está haciendo es avergonzarnos.
Sentí que el aire se detenía.
—Los invitados están preguntando quién es ese señor —continuó—. ¿De verdad creíste que era buena idea traerlo así, sin ver, sin saber comportarse, a un evento como este?
No respondí.
No podía.
—Escúchame bien, Valeria —su voz bajó, pero se volvió más cortante—. Tú ya no perteneces a ese mundo. Si quieres quedarte en esta casa… tendrás que empezar por poner cada cosa en su lugar.
El corazón me latía fuerte.
Demasiado.
—Y eso incluye a tu padre.
Sentí el frío recorrerme la espalda.
—No quiero volver a verlo aquí —sentenció—. Llévatelo. Ahora. Antes de que siga dando lástima.
Las palabras cayeron una tras otra.
Sin pausa.
Sin piedad.
—Porque en esta familia… no hay lugar para gente como él.