Y, sin embargo, algo dentro de mí seguía en silencio.
Esperando.
La fiesta comenzó después.
Risas, brindis, música más fuerte, copas que no dejaban de llenarse. Los invitados felicitaban, abrazaban, comentaban. Algunos me miraban con curiosidad. Otros con una cortesía que no lograba ocultar cierta distancia.
Y en medio de todo eso… mi padre seguía afuera.
Solo.
Olvidado en un rincón que nadie quería ver.
Me acerqué en un momento en que pude escapar de las miradas.
—Papá… —susurré, tomando su mano.
Él sonrió al instante.
—¿Eres tú, hija?
Asentí, aunque sabía que no podía verlo.
—¿Estás bien? —preguntó.
Quise decir que sí.
Quise decir que era feliz.
Pero las palabras no salieron.
—Sí… estoy bien —mentí, apretando su mano.
Él asintió, tranquilo.
—Eso es lo único que importa.
Cerré los ojos un segundo.
Ojalá fuera tan simple.
—Oye… —dijo después, en voz más baja—. ¿No estoy estorbando aquí?
Sentí algo romperse por dentro.
—Claro que no, papá.
Pero la realidad… era otra.
No tuve tiempo de quedarme.
Una mano firme me tomó del brazo.
—Ven conmigo.
Era Doña Teresa.
Su sonrisa había desaparecido.