—No me agradezcas a mí. Agradécele a mi hijo. Porque seamos honestos, Valeria… —se inclinó apenas, lo suficiente para que solo yo la escuchara— familias como la tuya no suelen mezclarse con la nuestra.
Las palabras no dolieron de golpe.
Dolieron despacio.
—Pero bueno —continuó—. Ya que estás aquí, más vale que entiendas cómo funcionan las cosas.
Tragué saliva.
—Después de la boda, te olvidas de tus costumbres. Aquí se hace lo que yo diga. La casa, la comida, las visitas… todo pasa por mí. Y otra cosa —sus ojos brillaron con algo más frío—, el oro que te dieron, los regalos… me los entregas. Yo los administro. Así evitamos malos entendidos.
Asentí.
No porque estuviera de acuerdo.
Porque no supe hacer otra cosa.
Porque en ese momento, lo único que importaba era que todo saliera bien.
Que no hubiera problemas.
Que mi padre no tuviera que preocuparse.
La ceremonia pasó como en un sueño. Palabras que apenas escuché, aplausos que sonaban lejanos, un “sí” que salió de mi boca casi sin sentirlo. Alejandro sonreía. O al menos eso parecía. Su mano sujetaba la mía, pero no con fuerza. No con seguridad. Más bien… como cumpliendo.
Todo era correcto.
Todo era perfecto.