PARTE 2: Aplaudían, golpeaban la madera, se carcajeaban con una alegría que Santiago no había escuchado en meses, meses. El pecho se le apretó. El suelo pareció moverse bajo sus pies. Valentina, ajena a su presencia, siguió con el espectáculo. Se agachó, fingió una caída dramática. Señaló a los niños con los dedos amarillos y abrió los ojos como si acabara de descubrir un secreto increíble. Los gemelos soltaron otra ola de risas. Santiago sintió algo romperse dentro. No del todo, apenas una grieta.
Pero ahí estaba. Cuando Valentina giró por última vez y se detuvo, abrió los ojos y lo vio a él parado en la puerta con el pijama de seda gris, el rostro duro, los ojos cargados de algo que no sabía nombrar. Ella se congeló, se quitó los audífonos de golpe. El silencio cayó como un telón. Las risas de los niños se apagaron poco a poco. Valentina bajó las manos enguantadas como si de pronto pesaran demasiado. "Señor Ibarra", susurró Santiago.
Dio un paso adelante. Sus pisadas sonaron fuertes sobre la madera pulida. Los gemelos, sintiendo el cambio en el aire, dejaron de reír. Tomás se sentó y se llevó el dedo a la boca, observando a su padre con cautela. "¿Me puede explicar qué está pasando aquí?", preguntó Santiago con voz baja, controlada, peligrosa. Valentina tragó saliva. Sus manos amarillas se entrelazaron frente a su delantal. Se despertaron asustados. dijo, "La pesadilla de siempre. Intenté calmarlos, pero no funcionó. Y su solución fue esto.
Santiago hizo un gesto vago, despectivo, señalando los guantes, la luz, el desorden. Un circo. El golpe fue directo, calculado. Santiago esperaba verla encogerse, pedir perdón, prometer que no volvería a pasar. Era lo que hacían todas. Pero Valentina no bajó la cabeza, levantó la barbilla. Sus ojos color miel estaban húmedos. Sí, pero había algo más ahí. Una chispa, una dignidad inesperada. Intenté lo normal, dijo con voz aún suave pero firme. La leche, el cuento que usted dejó en la mesa.
Nada funcionó. El miedo se alimenta del silencio, señor. Necesitaban ver algo vivo, algo absurdo. Santiago frunció el seño. No le gustaba ese tono. No le gustaba que una empleada pareciera entender a sus hijos mejor que él. En esta casa hay reglas, respondió cruzándose de brazos. No quiero payasadas, quiero orden, rutina, disciplina. Valentina asintió despacio. Miró a los niños que empezaban a bostezar, el cuerpo rendido después de la risa. Entendido, señor, dijo en voz baja. Santiago se dio la vuelta... SI TE INTERESA EL ARTÍCULO, POR FAVOR DALE “ME GUSTA” Y COMPARTE ESTA HISTORIA, Y PULSA “BIEN” SI QUIERES LEER LA HISTORIA COMPLETA. GRACIAS.