—¿A dónde sale este autobús, señorita? —preguntó mi padre.
—A casa, papá. A Jalisco… al pueblo.
Asintió en silencio.
No preguntó más.
Subimos.
Los asientos eran duros, el aire un poco pesado, pero no me importó. Me senté junto a él, apoyando la cabeza en el respaldo, sintiendo por fin el cansancio caer sobre mí como una ola.
El autobús arrancó.
Y con él… todo lo demás empezó a quedarse atrás.
No sé cuánto tiempo pasó hasta que sentí la mano de mi padre buscar la mía.
—Perdóname —dijo de pronto.
Abrí los ojos, sorprendida.
—¿Por qué?
—Por haberte puesto en esta situación… —su voz se quebró apenas—. Yo solo quería verte feliz.
Sentí un nudo en la garganta.
—Y lo estoy —respondí, apretando su mano—. Más de lo que crees.
Él guardó silencio unos segundos.
—Ese lugar… no era para mí —murmuró.