Negué suavemente.
—No, papá —dije—. Ese lugar no era para nosotros.
El autobús avanzaba por la carretera, dejando atrás las luces de la ciudad. Poco a poco, el paisaje se volvió oscuro, tranquilo. Familiar.
Cerré los ojos un momento.
Y recordé.
La casa pequeña. Las mañanas frías. El olor a tortillas recién hechas. Las risas simples. La vida que nunca fue fácil… pero siempre fue nuestra.
No necesitábamos más.
Tal vez nunca lo hicimos.
El teléfono vibró en mi bolsillo.
Lo saqué.
Un mensaje.
De Alejandro.
Lo abrí.
“Valeria… por favor regresa. Podemos hablar. Mi mamá está muy molesta, pero yo puedo arreglarlo. No tenías que hacer eso frente a todos.”
Leí cada palabra con calma.
Sin prisa.
Sin enojo.
Luego escribí:
“No necesito que arregles nada.”
Me quedé mirando la pantalla unos segundos más.
Y añadí:
“Lo único que necesitaba… ya me lo llevé conmigo.”
No esperé respuesta.